Los que leyeron Sobre héroes y tumbas seguramente recordarán la escena: mientras transitan por una calle, Bruno le pide a Martín que observe a un hombre que camina justo delante de ellos con la ayuda de un bastón. El hombre era Borges, quien luego de saludar a los dos amigos se aleja y propicia una larga conversación sobre literatura en la que Bruno (supuesto alter ego de Sabato) juzga sin ambages al autor de El Aleph. Cuando Martín le pregunta a Bruno si cree que Borges es un gran escritor, éste le responde
No sé. De lo que estoy seguro es que su prosa es la más notable que hoy se escribe en castellano. Pero es demasiado preciosista para ser un gran escritor. ¿Lo imagina usted a Tolstoi tratando de deslumbrar con un adverbio cuando está en juego la vida o la muerte de uno de sus personajes?
El pasaje resulta curioso por varios motivos. El primero que llama la atención es constatar cuán amplia puede ser la genealogía de lo que hoy se denomina metaliteratura. La larga disertación de Bruno sobre el tema en nada difiere de los ejercicios intertextuales que aparecen en las novelas de escritores más contemporáneos. Por otro lado, nos recuerda uno de los argumentos centrales de un debate que pareciera haber sido superado y que pocos escritores de las nuevas generaciones reivindican: la forma vs. el contenido, el arte frente al compromiso del escritor.
Después de haber alcanzado gran notoriedad por su trilogía novelística conformada por El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1962) y Abbadón el exterminador (1974), no sería exagerado afirmar que la influencia de Sabato se ha ido diluyendo con los años y son muy pocos los escritores jóvenes que hoy en día reconocen su magisterio. Otro tanto puede decirse de sus lectores. Para los que frecuentan los stands de libreros informales expertos en bestsellers y libros de autoayuda, es más probable que el nombre del escritor argentino se pueda asociar con La resistencia -breve texto ensayístico donde la voz de Sabato se suma al coro del movimiento antiglobalización- que con algunas de las ficciones que le dieron fama y prestigio hasta el punto de obtener el premio Cervantes en 1984.
Próximo a cumplir un siglo de su nacimento, la crítica ya ha esbozado los puntos nodales del cosmos sabatiano: la enajenación, el caos, la entronización del mal. Un proyecto narrativo que gravita en torno al Informe sobre ciegos de su segunda novela y que procura cerrrarse con una obra de tinte apocalíptico. Más allá de estos aspectos, el mundo novelesco de Sabato-quien gustaba de caracterizar al hombre como un ser dual- se halla escindido por una poderosa contradicción: el intento de conciliar su crítica del racionalismo tecnicista y cientificista con una afanosa búsqueda de la novela total. Así, la idea de subsumir en la ficción la vastedad y complejidad de otros campos del saber (la historia, el mito, la filosofía, la política, etc), ¿no derivó también en un paradigma -esta vez literario per se- de esos grandes relatos que mencionó Lyotard? Entonces, donde el escritor sureño quiso ver artificio y superficialidad (pura forma sin contenido) la narrativa más reciente ha descubierto -con la obra de Borges como referente esencial- una veta insoslayable para la desacralización y la ironía. Por todo ello, puede que sea Abbadón el libro que más toque de cerca al lector contemporáneo: a las obsesiones típicas de Sabato, se añaden en esta novela, con mucha más profundidad, los recursos especulares de la narrativa narcisista y se exhiben diversos modos de acercamiento a lo que la crítica actual denomina como autoficción.
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Oponer, en nuestros tiempos, la obra de Borges a la de Sabato, puede resultar tan bizantino como discutir sobre si es mejor el fútbol que propugna Guardiola o el que aplica José Mourinho. Lo mejor de Borges está en sus relatos (aunque también escribió poemas y ensayos notables); lo de Sabato está en apenas tres novelas. Borges urdió ficciones fantásticas; Sabato narró los hechos desnudos (siempre supimos lo que acontecía a sus personajes desde las primeras páginas). Uno, entró ya en su propio laberinto. El otro está muy próximo a ingresar en el túnel.
Hay una reiterada dialéctica entre la vida y el arte, entre la verdad y el artificio. Una manifestación de aquella enantiodromia de Heráclito: todo marcha hacia su contrario en el mundo del espíritu. Y cuando la literatura se vuelve peligrosamente literaria, cuando los grandes creadores son suplantados por manipuladores de vocablos, cuando la gran magia se convierte en magia de music-halll, sobreviene un impulso vital que la salva de la muerte. Cada vez que Bizancio amenaza terminar con el arte por exceso de sofisticación, son los bárbaros los que vienen en su ayuda: los de la periferia como Hemingway y Faulkner, o los autóctonos, como Céline: monstruos que entran a caballo, con sus lanzas ensangrentadas, en salones donde marqueses empolvados bailan el minué.
(Ernesto Sabato, en Abbadón el exterminador)
Hay una reiterada dialéctica entre la vida y el arte, entre la verdad y el artificio. Una manifestación de aquella enantiodromia de Heráclito: todo marcha hacia su contrario en el mundo del espíritu. Y cuando la literatura se vuelve peligrosamente literaria, cuando los grandes creadores son suplantados por manipuladores de vocablos, cuando la gran magia se convierte en magia de music-halll, sobreviene un impulso vital que la salva de la muerte. Cada vez que Bizancio amenaza terminar con el arte por exceso de sofisticación, son los bárbaros los que vienen en su ayuda: los de la periferia como Hemingway y Faulkner, o los autóctonos, como Céline: monstruos que entran a caballo, con sus lanzas ensangrentadas, en salones donde marqueses empolvados bailan el minué.
(Ernesto Sabato, en Abbadón el exterminador)
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